Mostrando entradas con la etiqueta Juan Pablo II. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Pablo II. Mostrar todas las entradas

martes, 31 de mayo de 2011

Sobre la Jornada Mundial de la Juventud

Reproducimos un artículo de Miguel Aranguren publicado en la revista Alba

Al amanecer, empapado por el rocío y por el lodo en el que se había convertido el Monte del Gozo, tuve la sensación de despertar en la montaña bíblica del Sermón. A cientos de metros desde mi posición se divisaba el escenario en el que Juan Pablo II había celebrado la vigilia con más de quinientos mil jóvenes llegados desde todas las encrucijadas del mundo hasta ese final de la tierra.

El acto festivo de aquel ocaso de agosto había resultado regular -lastrábamos los modos de unos ochenta bastante horteras-, que no el discurso del Papa, que tan bien se sentía con esa pléyade de jóvenes a los que lanzaba tantos guiños y ante los que se quejaba de que “coreáis al mensajero pero no os decidís a compartir el mensaje”. Ninguno de los asistentes sospechábamos que aquella sería la última Jornada Mundial de la Juventud vetada a nuestros colegas del Telón de Acero, ya que el Muro estaba pronto a caer gracias a la determinación de aquel místico polaco.

Cuando llegó el “papamovil” desde el palacio arzobispal sito en la plaza del Obradoiro, el Monte desde el que tantos peregrinos a lo largo de casi ochocientos años habían contemplado el campanario que señala la tumba del Apóstol, continuaba abrigado por la sombra, por más que en el escenario sobre el que se iba a celebrar la misa que clausuraba aquellas Jornadas calentaran los rayos del sol gallego. Con aquel sol improvisó el Papa un saludo antes de revestirse: identificó al astro con el amor del Padre, único capaz de caldear los corazones, único que nos aguarda después de las penumbras de la noche.

Tienen las Jornadas Mundiales de la Juventud la mezcla invisible de un Pentecostés y de aquel Sermón en el que Cristo mostró por primera vez a los hombres el rostro misericordioso de Dios. La misericordia, porque en el siglo XXI es término que sigue sonando a nuevo y urge que alcance el corazón de quienes manejarán en breve el hilo de la historia. El soplo, porque de las reuniones multitudinarias de los jóvenes alrededor del Vicario de Cristo han surgido buena parte de las vocaciones sacerdotales y religiosas que hoy vigorizan la Iglesia tras muchos achaques. Dicen que en los seminarios de Madrid -que de nuevo lucen aulas llenas-, la mitad de los candidatos se decidieron a la aventura divina después de acompañar al Papa en alguno de esos macrofestivales de la fe, dato nada desdeñable si consideramos que Madrid se convertirá, en apenas unos meses, en un nuevo Damasco.

viernes, 13 de mayo de 2011

Razones para el optimismo

Reproducimos un artículo de Miguel Aranguren, amigo de Guadalba, publicado en la revista Alba.

“¡Son tuyos!”, pronunció Juan Pablo II ante el televisor desde el que siguió los acontecimientos del 11-S. Se refería a los hombres y mujeres atrapados en las Torres Gemelas, a quienes cupo el doloroso destino de morir con crueldad y en directo. Los testigos de aquel momento en el apartamento pontificio, aseguran que al Papa le invadió inmediatamente una gran paz: Cristo sigue siendo el Rey de la Historia y el destino de la humanidad (el tuyo y el mío) no depende de la fatalidad sino de la misericordia infinita de un Dios que está muy cercano porque se deja atrapar en el interior del World Trade Center para caer entre los cascotes y el humo como una víctima más, un Dios que enferma de cáncer para morir tras un largo proceso de sufrimiento, un Dios que se ahoga bajo las olas de un maremoto, un Dios que recibe uno y mil disparos en el frente de una guerra, un Dios que comparte -también en directo- nuestro devenir porque quiso hacerse hombre una vez y siempre, antes de ganarnos la paz infinita.

Quienes le conocieron, aseguran que Juan Pablo II vivía por y para la Providencia. Estaba seguro de que quien “todo lo hizo bien” durante sus treinta y tres años de vida en la tierra sigue haciéndolo, a pesar de que la imagen objetiva del mal nos acoquine. Por eso, en el pontífice polaco no cupo nunca el pesimismo. Incluso se empeñó en hablar de “una nueva primavera de la Iglesia”, de la humanidad aunque su vida estuviera golpeada por el dolor y la pérdida, por la soledad, por las dentelladas del nazismo y del comunismo, por el odio convertido en bala de un atentado que lastró para siempre su salud, por la incomprensión de los bienpensantes. Su confianza en la paternidad divina aumentó a medida que sus fuerzas menguaban, que su cuerpo dejaba de ser autónomo y se le deformaba la voz.

Juan Pablo II encontró en el dolor una fuente de purificación e identificación con Cristo. Mientras pudo, utilizó disciplinas: se fustigaba la espalda en la intimidad de su apartamento, siguiendo una costumbre inveterada de muchos santos y santas. Además, veneraba a los enfermos como si fuesen una fuente de riquezas espirituales, hasta el punto que sus colaboradores tenían que recortar el número de personas sufrientes que acudían a sus actos públicos, para que las ceremonias no se retrasaran y pudiese cumplir sus exigentes jornadas de trabajo.

Somos suyos, hombres y mujeres atrapados en esta maravillosa aventura de vivir.

sábado, 30 de abril de 2011

Juan Pablo II a los altares

Seguramente a los que hemos participado en directo en alguno de estos momentos que se recogen en el video, se nos vendrán a la memoria tantos buenos recuerdos, propósitos y deseos de ser mejores, que cuando estuvimos con el Papa Juan Pablo II hicimos. Es el momento de renovarlos.



viernes, 15 de abril de 2011

En Roma cabemos todos

Eso dicen desde el Vaticano, leed la información aquí.

Todavía estáis a tiempo de apuntaros a ir con la Parroquia de Los Arroyos en autobús. Si os interesa, llamad al  91.853.48.22 en horario de 10.00 a 14.00 y de 19:30 a 20:30.

Os recuerdo que la salida es después de misa de 12.00 del viernes 29 de abril. Y la vuelta el día 2 de mayo por la tarde/noche. Y el precio, 130€. ¡Hala, a sacar los billetes!

domingo, 23 de enero de 2011

Guadalba con Juan Pablo II en su beatificación


Con ocasión de la próxima beatificación de Juan Pablo II, que tendrá lugar el próximo 1 de mayo, recordamos este artículo de don Enrique Monasterio, sacerdote. Lo escribió frente a la tele, mientras veía en las noticias que había fallecido el Papa.

“Hace una hora se nos ha muerto Juan Pablo II. Mientras escribo, oigo el tañido de una campana de la Basílica de San Pedro en el Vaticano que, gracias a la radio y a la televisión, llega a todos los rincones de la Tierra.

Esa campana anuncia que el Papa ha dejado de sufrir, que nuestro amigo del alma ha recuperado la sonrisa que nos desarmó desde su primera aparición en 1978; que vuelve a brillar en sus ojos la chispa cómplice de los primeros años; que su voz es otra vez la de entonces: el vozarrón que cantó O sole mio acompañado por un coro de doscientos mil napolitanos y la que retumbó en la Plaza de San Pedro, al comienzo de su pontificado, ante jefes de Estado y presidentes de gobierno de todo el mundo:

—¡No tengáis miedo! —les dijo—, ¡abrid de par en par las puertas a Cristo!
El Papa en su penúltimo libro lanza otro grito, el mismo que Jesús dirigió a los apóstoles que dormitaban en el Huerto de los Olivos:
—¡Levantaos, vamos!

Había una cierta ironía bienhumorada en ese título: mientras animaba a los cristianos a caminar sin miedo hacia la cruz, aludía a su propia incapacidad para ponerse en pie. Hoy, sin embargo, la campana proclama que Juan Pablo II se ha levantado ya de la silla de ruedas; que está dispuesto a caminar con nosotros, para seguir viajando por el mundo. Regresará a los países en los que estuvo durante los últimos años y también a los que no pudo visitar porque no le dejaron. Llegará por el Cielo, como siempre. Y, de rodillas besará la tierra en cada aeropuerto, y abrazará a los niños, hablará con las autoridades, cantará con los jóvenes, predicará en cien lenguas y entrará, delicadamente, pidiendo permiso, en el corazón de los que quieran recibirle.

Esa campana dice además que el Papa ya no tomará el avión de vuelta a Roma. Esta vez se queda en cada uno de los pueblos de los cinco continentes. También en la vieja y decrépita Europa, tan amada por él, aunque en los últimos años adopte ademanes de adolescente insurrecta y parezca rebelarse contra sus padres e ignorar las raíces que la hicieron fecunda.

Todo esto, lo sabéis muy bien, no es una forma de hablar, una consideración vagamente “espiritual” en ese sentido ilusorio con el que algunos se refieren al espíritu humano. Juan Pablo II no vivirá “en nuestro recuerdo”, porque en los recuerdos no se vive: allí se embalsaman los afectos y, por muy intensos que sean, acaban por diluirse en pocos años.

El Papa está realmente en el corazón de millones de hombres y mujeres de todo el mundo. ¿Es que somos capaces de imaginarlo lejos de aquí? Está con Dios, por supuesto, y precisamente por eso está también donde siempre ha querido estar, con los suyos. No ha habido un Papa más universal ni más cercano.

La campana sigue sonando. La televisión ha dejado su tañido como música de fondo para esta noche. Ahora una voz femenina explica que las campanas tienen nombre y ésta se llama Sant’Andrea, y se reserva para los días más solemnes.

Ya comprendo que no es momento de sugerir cambios; pero en esta hora, cuando los columnistas se sientan frente al ordenador tratando de encontrar con urgencia una frase, unas palabras que expresen el dolor y al mismo tiempo lo contengan para que no se desborde, a mí sólo se me ocurre que habría que cambiar de nombre a esa campana. La llamaría “Juan Pablo II”. Y es que desde hace una hora se me ha metido en la cabeza la letra de aquella sevillana que cantaron al Papa en su primer viaje a España y que él mismo solía corear con los chicos del Univ en las convivencias de Semana Santa:

“No te vayas todavía,/ no te vayas, por favor,/ no te vayas todavía /porque la guitarra mía/ llora cuando dice adiós”.

Pero no es la guitarra la que llora. Es la campana, que se me ha puesto flamenca y sigue el ritmo de la copla. Y hasta me parece oír la voz del Papa que nos tranquiliza:

—No os preocupéis; estoy aquí y seguiré siempre con vosotros.”

Desde Guadalba queremos acompañar a Juan Pablo II en su beatificación. Por eso, vamos a unirnos a la peregrinación para asistir a este gran acontecimiento de la Iglesia. Haremos el viaje en autobús, la salida será el sábado día 30 de abril a las 6.00 y estaremos de vuelta el día lunes día 2 de mayo a las 20.00. El precio es de 160€ por persona. Para más información, contactad con África Aragón: africa_aragon@hotmail.com